Anoche soñé con Wil. No estaba muerto. Lo miré, lo abracé y, aunque quisiera decir que sentí sanar, no… seguía partida en dos.
Ari vino a la cama a abrazarme. Lo vio, pero no le dio importancia. Él la miraba sin pestañear… ella seguía charlando conmigo como si nada.
—Ari, es tu papá Wiwe, ¿lo recuerdas? —le dije.
Lo miró de nuevo. Sus ojos se inundaron y pasó sobre mí para abrazarlo.
—¡Papá, estás vivo! —dijo mientras se deshacía en sus brazos.
—¡Papito! Pensé que no era cierto —respondió ella, repitiendo “papito, papito” como si quisiera atar el instante a la realidad.
Yo los observaba. Ari no parecía sorprendida. ¿Será que lo ve a menudo y para ella es normal? ¿Es una visión más de su propio diario vivir?
Después de llorar, reír y celebrar la vida de Wil —después de que en segundos pasaran años de felicidad— la realidad volvió. Wil desapareció. Pero la soledad no vino de su ausencia; después de todo, su muerte siempre fue una presencia constante que ya se instaló en mis entrañas y ni al verlo desapareció.
Me vi sola en un elevador. Un dolor enorme y creciente me atravesó el pecho y el estómago. Me faltaba el aire. Caí de rodillas llorando, gritando que había perdido a mi padre, que no soportaba aquello. Grité de dolor, de rabia, de impotencia.
Pero entonces me di cuenta: yo no he perdido a mi papá… aún.
“Aún.” Esa palabra que me aterra, esa palabra que sé que un día se cumplirá.
Entonces, ¿qué era ese dolor? ¿Por qué esa punzada insoportable?
Al recordar momentos con él, que ahora, siendo más grande, son más valiosos y que no volverán…
Y me rompo todavía más al imaginar a mi niña de doce años viviendo ese duelo a fuego lento, viendo cada día más real la pérdida conforme crece. Porque crecer también es eso: entender, sentir, perder.
La vida se vuelve más dura a cada paso.
Y recién decido mirar ese dolor… ese dolor que seguro sienten mis padres día a día, ya que ambos perdieron a sus padres.
A Miguel, mi compañero, que un día —como mi cumpleaños—, un par de años antes de conocernos, perdió también a su padre.
Los veo atravesar sus propias pérdidas y esa palabra, “aún”, se vuelve más pesada al imaginar el dolor que me espera.
Estuve tan centrada en mi herida, en lo que significó para mí perder a Wil, que minimicé los dolores de quienes me rodean. Solo siendo madre pude mirarlo de frente: que mi hija, mi amada niña, tal vez ya sienta ese dolor. Y que yo no puedo protegerla, no puedo ocupar su lugar para apartarla del sufrimiento, no puedo ser su armadura para dejarla intacta.
Esa es la vida, ¿no? Sentir, sonreír, perder… y aun así seguir.
